FUE EN LA MUCUY

Y fue con Lucía

Un murmullo de voces hizo que Isidora levantase la vista hacía una vereda infinita de montañas y sintió cómo se aproximaba todo un contingente espectacular de caminantes quienes a toda prueba venían a reclamar, y no era para menos el escándalo. Perfectamente alineados y en forma de abanico abierto, comparecían hacia el frente de una zona donde quedaban tres capillas alrededor de dieciocho recuerdos. Todos menos uno estaban esparcidos en diferentes colores. Daba la impresión de parecerse a polillas gigantes de esas a las que Hinojosa se enfrentó un día. La competencia iba a empezar y hasta el viento estaba a su favor.

Inmediatamente sin perder una palabra más desde aquella espectacular obra, entra Isidora con sus acompañantes, todos fueron hasta el cierre del libro, quedándose solo unos a contemplarlo tras una enorme y hermosa exhibición de aquellas cofradías organizadas con tantos colores. Decían que si Dios las habría visto primero el arco iris no llevaría tan suaves sus anchas.

Pero entre algunas cruces más sus inciensos todos comenzarían a oler mirra sacada desde los secretos de un sepulcro; aparecía combinada con estoraque más un sin fin de ramas secas. Eran las épocas de procesiones, pero estaban en otros tiempos, los de otras realidades cuando los bólidos caían solo de pensarlos. Aquel espectáculo religioso dirigido sin iglesias les hizo a muchos recordar cuando un grupo de sus antepasados encaminados por sus creencias jalaron una aldaba sostenedora con secretos de una caja olvidada, casi inundada de polillas encontrando una carta casi desecha. Había claras letras de una promesa de 1789 con la cual todos debían cumplir en una fiel procesión la cual partió desde Filo del Loro hasta más allá de las montañas de un medio pueblo conocido como La Isla.

Así lo hicieron, por muchos años era ir y venir, fueron con pocos abrigos y alimentos, pero una enorme ventisca traedora de una tormenta del mes de agosto los devoró. Algunos afirmaron, entre años y décadas, que aquello quedó como un cementerio de manos abiertas alzadas. Se secaron pidiendo auxilios, pero nadie se atrevió a ir. Luego encontraron tras la luz de una vela una carta la cual decía en su parte de detrás que el mes indicado era noviembre y que la ruta se hacía en varios días, pero esas eran las trampas de las aldabas.

Todo esto pasaba mientras un sacerdote decía: recordemos y retrocedamos las horas dadas por un reloj de 1879 de un año atrás. Allí estarían guardadas pócimas y secretos olvidados por descuido de épocas, pero en el movimiento de su péndola vuelven a regresar sin detener el tiempo.

Aquel cajón de eterna madera guarda recónditos hechos todos sucedidos sobre el panorama del tiempo. Muchos espacios inconclusos se baten entre las cordilleras de manijas con cuerdas sorprendidas capaces de hacer despertar desocupados sueños que, en un momento importante, de unos que no perciben los descuidados, vinieron a quedarse atrapados en las ruedas de sus infatigables máquinas.

Aquel carrillón con una edad avanzada de incontables décadas, daba cuenta de un cumplidor trabajo movido por el hilo de una llave bastante parecida a las mariposas de un cuento olvidado, tanto por silenciosos amarillos y porque en las tardes todos aseguraban que aquel pedazo de acero se atrevería a salir volando. Pero luego, preocupados despertaban a gritos con las campanas de una iglesia cercana la cual permanecía bajo el agua de inviernos descontrolados y en veranos hambrientos se veían sus relicarios, encima encendían sus luces para que aventureros no se perdieran en otros caseríos cercanos, pues después sería muy difícil su búsqueda, no por encontrarlos sino porque alguien fascinado no se atrevería a devolverlos.

Había un pertinaz tictac capaz de no dejarse escuchar. Se había bajado de un barco que, después de tanto viajar, les pagaron a unos aparecidos descuartizándolo por viejo. Pero él no moriría en aquel justo momento su confeccionador le dejó una vida grabada y esto no lo perdería por más montaraces que fueran las auras. Y en este ruido se anduvo entre unos océanos perdidos hasta que alguien capaz lo tomó entre prudentes ñemas e hizo que sus manecillas aprendieran a hablar.

Aquel reloj era redondo, permanecía curtido y por su espejo finitico aún podían verse todas las travesuras de sus movimientos. Se cuenta que un aparecido le daba cuerda cuando sus dueños de año en año se descuidaban en darle vida. Y cuando venían los grandes desastres sucedidos en cualquier parte dejaba de sonar en señal de duelo.

En eso estaban mientras sus minutos se confundían con el trote de un caballo azul habitador por todos los predios de un pueblo de lémures que es casi parecido a La Mucuy. Es prudente, gigante, pero puedes treparlo, se le ve solo, pero puede convertirse en tu compañero. Evaristo lo conoce tan bien que anda buscando la forma de presentárnoslo. No escucha música, pero sabe cantar. Tampoco cocina, pero siempre ofrece algo de comer. Es como aquellos seres humildes que andan por los caminos de los otros compartiendo su pobreza.

Es un rocín galán el cual muestra sus lúcidos dientes y sin hacer ruido todos sabrán que anda riéndose. Trota de mañanas y camina por las tardes. Escucha guardando un silencio soberbio; parece que ha asistido a atender unas clases de plastilina de su profesor detrás de la única escuela.

Se comunica por telegramas y carga a una novia de traje azul sobre su lomo. Habita en un cuartel y un burro destinado a seguir a un solo y primer dueño se le aparece visitándolo más seguido que de vez en cuando.

Alazán brioso sin asustar a nadie, tímido, pero no penoso y comparte su heno con cualquier animal a los cuales ha enseñado a comer hasta a unos que descansan y no comen paja. Sus cascos son brillosos y las herraduras algunos afirman que son de oro.

Equino es transparente, de azules intensos, y a quien le muestra su brillante armadura lo invita a sentarse sobre su silla. Pero esto aún no ha sucedido, pues anda en la búsqueda de un ser honesto, presuroso y conforme. Entre ellos salvarán lo que está escrito en un mensaje olvidado de esos distantes papeles que avisan pero que otros no se atreven a darse cuenta y los cuales se encuentran sobre botellas metidas en los arboles de los fantasmas; el Maitín.

Su llegada entra entre risas de niños; tampoco nadie los ve, pero se escuchan carcajadas de los inocentes olvidados. Ellos lavan su piel y pulen sus cueros cepillando sus dientes y afinando sus cantos. Él cuenta con un ejército de soldados arrinconados, guiadores de sorpresas empaquetadas y enlazados con la suerte de un jinete borrado de la memoria entre tinteros y vaporinos con tintas de papiros retrasados.

Viene de una gran ciudad, pero no quiere volver. Buscó refugio en estos lugares y hasta ahora no se le escuchan suspiros de poder regresar.

Trastes de recuerdos fueron quedando dentro de un chifonier antiguo que existió en unos predios inundados y llevaba hojas de oro parecidas a las penosas hojillas de un hombre acomodado en los pensamientos, pero confundido en escarapelados sueños. Esa era una cómoda muy alta incrustada de cajones despavoridos de maderas cortadas —tras noches rebeldes de la canícula septembrera— cuando con manos adoloridas de los demás una gota poco usual rodaba hacia arriba después de un zócalo repintado.

Aquel chifonier salido desde maderas oxidadas fue encontrado en el relleno de un depósito de unos sueños marginados, poco batidos, luego de una confusión diaria empezada tras varios siglos de olvidados laberintos. Venían trasteando tras los pasos de algunos sueños azufrados cuando la vida delató las tormentas de unos escritos que nos podrían cambiar y retrasó su aparición.

Aquel chifonier hablaba como un espanto y apareció tanto que se hizo común y los habitantes de aquellos predios iban a consultarlo, encontrándolos en la esperada de una robustez más sólida que la de aquel aparato. Allí comentaba secretos desproporcionados de contadores y cómo tras infusiones de brebajes amargos se daban las más prolongadas curaciones pues la medicina dulce no era capaz de sanar a nadie.

Llegaron los días en que había que pedir cita para ver al espanto, pues sus convocatorias llegaron a ser tan prolongadas que muchos creían en aquel ser del cual se abusaba, y se lo había llevado algo o alguien.

Hasta que otros explotadores comprendieron que en el fondo de aquel cajón quedaron el orden de secretos y decidieron ahuyentar a quien lo usaba. Antes del alba lograba verse entre la fiera brisa al aparecido leyendo y hasta las bases de algunos cristos morenos se caían.

Nunca nadie entendió la codicia por aquel mueble pues cuando el lémur fue espantado ni resistencia opuso y aquel chifonier se incendió de polilla y solo quedó prendido de aquellas hojillas en las cuales todos comprendieron que eran gruesas y hasta ellas prefirieron desaparecer antes de conocer la codicia.

Eran segundos de tiempos antiguos con unos hombres pedidos en sacrificios como pago para protecciones divinas; partidas servían a sus tribus, familias y cosecha dadas a unas fuerzas necesarias contra los conflictos que vendrían y con su muerte iban bautizando las protecciones del ímpetu de sus guerreros.

En épocas de pleno desarrollo de la Colonia hubo una expedición que pasó muy cerca de aquel pueblo, pero había muchos temores, algunos indígenas practicaron el canibalismo. Pero este hecho sucedió cuando en una oportunidad el alimento se acabó y tuvieron que comerse a varios de la expedición, no hubo nada que justificara comer. Fue duro, pero así sucedió.

Entonces apareció un misionero llamado Faustino. Fue un hombre culto que soñaba con su talismán a cuestas. Un día, al observar que los hijos de Dios se enfurecían, y tras el desespero iban unos tras otros, les mandó a diseñar una cruz a cada uno y se las colocó. Pero quienes no estuvieron de acuerdo con su mandato se las mandó a tallar con una brasa en su pecho.

Muchos con fortuna fueron salvados de la muerte, después de tener que convertirse a todos les dio de sus santos y a algunos les enseñó los días en que vivo les invitó a reconocer el ruido de un arroyo que luego de cruzar varias luces fueron viendo el paso del dolor de una miel que tentó unas luces acompañadas de una vida con noches no tan oscuras que andaban tras los brincos de una libertad grabada.

Antes de la tarde, cuando anochezca posterior a un mediodía poco claro, venido de una anterior mañana, cuando entre cerros silenciosos vieron las heridas de inocentes ardidos en llamas por unas creencias poderosas que les impedían comerse entre ellos, todos debieron tomar y emprender sus heridas para que la próxima llegada del hambre les impidiera comerse entre ellos.

Con los días Faustino fue enterrado y su fantasma comenzó a salir con los ruegos de un misionero. Nadie cerró su tumba hasta que unas aves desesperadas se llevaron su cuerpo y entonces paró de llover hasta que de nuevo arrancó a gotear sin parar de nuevo.

Por eso en cada uno de los instantes Isidora vuelve a levantarse…

Dr. Miguel A. Jaimes N.

www.lamucuy.com.ve

En el inicio de la vida

10 de septiembre del 2017

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