Teodoro Guerrero Salas

Fue en La Mucuy, tenía que ser ahí, en esas serranías entre mesetas y depresiones, ríos, vegetación tupida y rala, entre sol veranero quemante y el de época de lluvia que apenas asoma, entre las nubes que cubren la neblina paramera.
La Mucuy, cercana a Mucurubá, pueblo estructurado arquitectónicamente, con calles angostas pero bien trazadas, sus aceras protectoras contra las corrientes de aguas de lluvia, las ruanas de sus habitantes y los abrigos de las damas, los gorros de lana, que en tiempos de bajas temperaturas obligan a cubrir los cuerpos.
La verdad que la Mucuy, tiene sus leyendas, sus mitos, no pareciera que llevara la delantera a Mucurubá, pero Miguel Jaimes, ha hurgado en su ancestral formación y sus antepasados, y él mismo, testigo de los abuelos o mayores de la generación de finales del siglo XIX y cominzos del XX, donde el trabajo, la oscuridad de las noches, solo las lámparas a kerosene, o las Coleman de mechas incandescentes, permitían los rayos de luz nocturnos, tal vez Miguel, no fue testigo de estos avatares pero sus predecesores parientes o vecinos de la Mucuy, contaron sus experiencias.
En ese sentido todo fue así en la Mucuy, misterios de a verdad, leyendas que pudieran ser inverosímiles, cuentos, espantos, las creencias en extremo religiosas y detentadoras de miedos, de castigos, de rezos, de perdones y hasta de exorcismos misioneros.
Fraternal saludo Miguel, muchos meses estuve sin esta tecnología, pero muchas veces es tan absorbente que el tiempo no da para mucho.

TEODORO GUERRERO SALAS

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