JOAQUINA

Joaquina Salmerón salía y bailaba con los santos el día de su nombre. Vivió toda su vida que fue muy extraviada solo para ir detrás de los onomásticos de sus vecinos hasta poder encontrar los nombres de aquellos santos medio olvidados.

Su meta en cada domingo era recolectar ciento cincuenta y cinco centavos los cuales por no saber eran más de los años que podía vivir una persona. Moraba en una casa medio deshabitada y muy colonial donde anidaban unas costumbres medio olvidadas y resignadas a verse enterradas por viejos de lenguas mentirosas.

La pasión de Joaquina era permanecer al lado de una pandilla de amigos la cual por sus códigos de fidelidad nunca lograron poderse separar. Vivió entre pensiones mientras era transportada la mitad del año sobre vapores en los cuales surcó mares sorprendidos por cangrejos gigantes y medusas enormes que de solo verlas petrificaban hasta la muerte a sorprendidos navegantes.

Con gigantescas varas se iba junto a otros pasajeros para impulsar grandes goletas cuando los alimentos y el carbón escaseaban entre postigos, donde se asomaban asediados cañones, se agarraban tentáculos de feroces pulpos los cuales con el tiempo descubrieron como se guindaban para jugar transportados entre aquellas maderas.            

Pero nadie dejó de ser candoroso cuando percibieron el regreso de Joaquina, pues la tarde se cerró de tal manera que las lluvias sonaron suavemente pero fueron mortales. De pronto, entre un viento helado con hojas que caían y una lluvia sulfurosa con la cual nadie pensaba acabar, una mujer con una chaqueta gigante y una maleta cargada sobre el enredo de sus dedos, caminó por sobre charcas donde los sapos saltaban y se enredaban con los alambres de púas sobre los cuales se señalaban sus suertes en las horas en que apareciera el sol. Allí se achicharrarían y sus cuerpos se templarían como cueros secos.    

Joaquina llegó. Venía confundida como cuando salen los generales después de haber ganado o preferir mejor salir perdiendo, pero la guerra la condenó y la hizo exiliarse en La Mucuy. Allí entró y por más que su nombre sonaba nunca volvió a aparecerse.

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