HOMBRE

Delirantes iban tras el recorrido de leyendas al salir de un botiquín del cual era mejor no levantarse sino solo cuando algunas velas iniciaran el comienzo de un final al cual se les había invitado por ser caóticos. Eran los hijos de Alcira quienes partieron tras una historia cuando cuarenta y dos hombres se fueron desde La Mucuy detrás de la Campaña Admirable un día en que a Bolívar se le antojó detenerse después de dos leguas. Había partido desde una ciudad que lo nombró como El Libertador y esto lo inundaba de muchas dudas.

Solo quince regresaron, otros se devolvieron para quedarse y asegurarse que los espíritus de sus combatientes no regresaran en contra de los vivos. Aquellas madres jóvenes acompañaron a sus muchachos con una chorrera de bendiciones como tantas pepitas de camándulas guardadas debajo de silenciosos altares.

Mientras en las hamacas de los patios permanecían imaginarios botiquines que con los años sirvieron para algunas historias transmitidas desde telégrafos arriesgados soportados por la presencia de billares donde se decidía la suerte de los proyectos de un año que se hacía lejano, inalcanzable desde cada enero a todos los diciembres.       

Los almendros se quedaban dormidos poseídos como por bancas de granitos ante la fatalidad que en ellas venían a descansar unas viejas tan feas que hasta los perros aullaban cuando olían que se acercaban.

Aquello fue como un polvo proveniente de un vergel despojado pero perforado por un óxido que venía de un matorral amarrado entre alambres que se habían atrevido a esconder el tráfico por sus campos.

Unos recuerdos eran cascajos aparecidos tras el derrumbe de los que tumbaron con cientos de balas los vientos y ruidos de pólvoras feroces. Venían envueltos en unos nidos idénticos al traslado de fatalidades pobres, en unas maletas cuadradas, indeformables sobre unos cueros inacabables donde aparecían reflejadas cada una de las últimas conspiraciones colgadas entre abarcas de las cuales ahorcarían a unas piedras muy azules difíciles de alcanzar.

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