POLVORERO

Unas nonas contaban que a sus abuelos les gustaba echarse sus tragos un día sí y otro también. Tenían unos platos de peltre conocidos por todos y adornados con unas flores amarillas en el fondo.

El hecho era que aquellos hombres llegaban con sus traguitos encima hacia bien entrada la tarde noche y como de costumbre no había electricidad, lógicamente sus esposas lo único que podían ofrecerles era una solitaria arepa. Entonces ellas les calentaban un poquito de aceite de puerco, una que otra cebollita y les pasaban un plato que tenían pintadas unos madrigales amarillos los cuales simulaban un huevito frito. Con la vela los alumbraban y ellos juraban ver un huevo frito con cebollitas. Los comían y se dormían con su barriga llena.

Ese era el polvorero de algunos días de pobreza. En aquellos dormitorios principales encendían en el centro una lámpara con aceite de tártago la cual duraba y no había peligro de incendio. Ahí agrupaban a los hijos aunque fuera una vez a la semana para rezar rosarios o hacer oraciones ante el altar.

  Esas eran las luces protectoras de todos y todas ante las acechanzas de los malos espíritus, o las almas en pena, para que no nos asustaran o nos llegaran a jalarnos por una ”pata”. Así le vendían a uno los mayores, para que tuvieran cuidado y respetaran a los difuntos o a las almas en pena. O bien a la Llorona o el finado tal, que sale tal día a tal hora.

Aún se recuerdan algunos padres que eran hombres de a caballo, noctámbulos por pasar sobre todo los fines de semana emparrandados en las montañas. En eso duraban de dos y hasta tres días.

Fueron aldeanos, hombres machos con armas blancas en sus cinturas, de pulsearse y desarmarse del más forzudo al más débil. Aquellos padres militaban en partidos conservadores. Eran muy católicos, camanduleros les decían. Una noche de parranda llegó uno de ellos en horas de la madrugada, por supuesto bajo los efectos de las bebidas que se preparaban en la aldea, el guarapo fuerte o el cachicamo. Levantó a los hijos para ordenarles que desmantelaran el altar. Era como si se le hubiesen metido todos los diablos, sacaba los santos para la huerta y allí en la polvareda los bañaba con el licor que le sobraba.

Dr. Miguel A. Jaimes N.

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Premio Mejor Columnista Diario-Frontera Mérida 2011

Premio estadal Gabinete cultura Mérida Gran Explosión Bicentenaria MPPC 2012

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10mo Edición del Foro Permanente MPPC 2015

Para: Diario Frontera

Mayo 23 del 2018

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